Uriel Flores Aguayo

Frente a nosotros, ante nuestros ojos, poco a poco va pasando una elección de Estado. No se puede hablar de que estamos simplemente ante una alerta o de suposiciones. Es realidad concreta. Hay muchas señales. Todo el poder político al servicio del partido en el poder y la candidata oficial. Desnivelado desde ahora el proceso electoral y en riesgo las elecciones libres. Vivimos una traición profunda y brutal. De la regeneración a la involución, hasta la degradación. Son tiempos peligrosos para la democracia mexicana.
Las elecciones presidenciales no serán un día de campo, tampoco normales. Se asemejan a una guerra. Nadie puede pensar que se puede participar normalmente. Lo que viene se asemeja a una guerra, electoral pero guerra al fin. Con sus ejércitos con oficiales y tropas; con luchas en campo y cuerpo a cuerpo. Con heridos y caídos. No es exageración ni alarmismo; es la realidad. No estamos ante demócratas. Resultaron fundamentalistas y transnochados, adictos a los cargos y privilegios. No van a ceder fácilmente el poder. Harán de todo. La única manera de revertir esas posturas anacrónicas es la más amplia participación ciudadana. Aún en estas condiciones inequitativas es posible lograr elecciones lo más libres posibles. Depende del ánimo ciudadano. Dejar el miedo y el fatalismo atrás. Hacer de estas elecciones una fiesta contra los abusos de poder y la guerra, la sucia y la negativa. Con colorido y música. Es indispensable que haya incertidumbre electoral como esencia de una elección democrática. También que se respeten las leyes y las instituciones electorales. México merece y necesita elecciones libres; que reflejen nuestra pluralidad y actualicen las bases de una sana y potente convivencia nacional.
No debe quedarse en deseo que vivamos elecciones libres, es elemental para el desarrollo nacional. Nuestra sociedad se oxigenará y andará en rutas de progreso si se respeta el Estado de Derecho y los poderes públicos se asumen como republicanos. Lo faccioso y la prepotencia de poder es lo viejo y lo inútil. No vale la pena, es regresivo, apostarle a idolatrar y rendir culto a un gobernante, que distorsiona todo y absorbe la energía social. Es una película en blanco y negro ya vista; algo borrosa para hoy. Podrían avasallar pero no lograrán obtener legitimidad. Podrán ganar el poder, mantenerse, pero sin beneficio colectivo. Todo eso está por verse.

Faltan las entidades federativas, donde todo es más precario y mediocre; donde resurgieron caciques violentos. No se deben perder de vista las acciones de los gobernantes locales, son rústicos y agresivos. Hay que echarles las luces.

Recadito: pasado el estiaje urgen planes y programas para el agua en Xalapa.

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