Y se comieron el pastel, solos. Camelot.
Gilberto Haaz Diez
EL DIA DE LA CONSTITUCION
Este día pasará a la historia de un 5 de febrero en que un poder no se presentó a su cumple. La Constitución ordena: “El Supremo Poder de la Federación se divide para su ejercicio en Legislativo, Ejecutivo y Judicial. No podrán reunirse dos o más de estos Poderes en una sola persona o corporación ni depositarse el Legislativo en un individuo…”. Eso ya no ocurrió. Atrás quedaron los días cuando la Ministra Presidenta, Norma Piña, no se levantó de su asiento ante la llegada del presidente AMLO, ese acto el tabasqueño se lo guardó, hasta que los hizo morder el polvo y pulverizarlos con su mayoría legislativa y su Reforma Judicial. La presidenta Sheinbaum dijo que no serían requeridos los Magistrados. En su discurso envió dos propuestas al Congreso: No habrá reelección de cargos de elección popular, ni familiares directos podrán participar, o sea, fuera el nepotismo. Fue aplaudida de pie con el grito de. ¡Presidenta!.
EN EL PODER Y LA ENFERMEDAD
El autor del libro, David Owens, editó uno de 500 páginas donde da cuenta de las enfermedades de los poderosos. La de Kennedy sin duda fue la más escondida y la más publicitada, mucho después de su muerte, la historia clínica más compleja de La Casa Blanca, enfermedad de Addison e hipotiroidismo. El presidente padecía un mal de la columna vertebral y vivía siempre empastillado, dentro de los hospitales, el dolor formó parte de su vida y quizá por eso, porque pensaría de su corta vida, se empiernaba con la Marilyn y con quién se le atravesara. Analiza una a una las enfermedades de Roosevelt, Mitterrand, Johnson, el Sha de Persia, los dos vaqueros Bush, De Gaulle, Margaret Thatcher, Brezhnev, Kruschev, Churchill, a quien le gustaba el pomo y el puro y siempre se le vio así históricamente. Nunca negó su alcoholismo. Hay anécdotas históricas. Esta la recuerdo porque algún día la leí cuando me puse a estudiar la historia de la Guerra de Secesión. Sucede que el presidente Abraham Lincoln perdía batalla tras batalla en contra de los Confederados. No daba una el pobre y relevaba general tras general. Un día encontró al bueno, Ulysses Grant, un militar que llegaba tumbando caña. Grant comenzó a ganar batallas pequeñas. Sus subordinados, otros generales mandones, iban de quejosos con el presidente Lincoln a decirle que chupaba mucho, que agarraba por su cuenta las parrandas. El presidente, con esa vista de lince y sus barbas impecables, les respondió: ‘Ojalá y tuviera dos Grant, aunque tomaran(chuparan, creo que dijo)’. Grant venció a Robert E. Lee y después se convirtió en presidente de Estados Unidos.
En el poder muchos de ellos tuvieron enfermedades. Algunos tuvieron otra enfermedad más potente: la embriaguez del poder, que contra esa no hay cura. Bueno, si hay cura, cuando se van y solo voltean a ver con nostalgia pura la poderosa silla presidencial que los abandona. El libro relata la polio de Franklin Rossevelt y los descuidos médicos de sus doctores navales, que lo llevaron rápido a la muerte. De Stalin no sé qué enfermedad traería, porque aún no llego a esa página, pero ese estaba mal del coco, era más sanguinario que Hitler.
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